Los sábados tengo la costumbre de salir al mediodía a caminar con Yaco (un poodle que me  hicieron pasar por maltés
Risa), de paso realizó algunas compras y en alguna ocasiones visito a mi estilista y amigo, Rodolfo Alarcón, para saludarlo ya que también queda en ruta (justo media cuadra antes de llegar al lugar donde como mis taquitos de barbacoa sabatinos) Lengua fuera.

Debido a que la difícil cuesta de enero (no sé ustedes pero a mi se me hizo eteeeeeeeeeeerno este mes por lo mismo Decepcionado) también le pegó fuerte a su negocio, estaba en el ocio total, sin ningún cliente. Un amigo de él, que trabaja por temporadas, me dijo:

"Rebe, sino estoy haciendo nada me siento mal, ven para acá, desde que te aclararon el pelo tengo ganas de hacerte unos rizos, así que siéntate……"

Y como no tenía nada que hacer ese día y ya se les hizo costumbre de hacer con mi cabello lo que se les antoja (que sufrida, ¿no? jajaja), me dejé.

Aproximadamente cuarenta y cinco minutos después, hasta yo me desconocí. Recordé que habían pasado seis años desde la última vez que me hicieron algo parecido pero con el cabello mucho mas largo.


Bueno, fue una plática sabrosa y una experiencia novedosa, gratuita y divertida, ahí les dejo la foto del recuerdo Guiño: