Efemérides Diciembre 2009


Margarita Dolcevita


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Margarita Dolcevita de Stefano Benni es un libro ameno, divertido, incisivo, ligero y al mismo tiempo provoca de una forma sutil diversas reflexiones. El personaje de Margarita Dolcevita es una creación entrañable e inolvidable que recuerda niños tan precoces como Calvin (de Calvin & Hobbes) y Mafalda. Es decir, que se vuelven el reflejo de una generación en un contexto determinado y que en ellos se concentran las dudas y los temores, los anhelos y las esperanzas y el cinismo y la crítica sobre el status quo.

Margarita es una niña italiana de 14 años, precoz intelectual y sexualmente, regordeta y con una falla en el corazón, le gusta inventar palabrejas muy originales y divertidas, hacer poemas feos (el mundo está lleno de poetas así así, pero un poema realmente feo es escaso),  inventar las primeras líneas de libros ficticios y erotizarse con su muñeco de peluche Poncio.

Vive en las afueras de una ciudad italiana con su familia tan singular y normalmente disfuncional como cualquier otra: el abuelo Sócrates quien es la sabiduría callada y arrinconada de la casa; el padre apasionado en reparar los viejos objetos descompuestos; la típica madre dedicada a la familia y que por medio de la cocina y el ahorro a través de cupones de descuento busca la manera de sentirse importante pero al mismo tiempo es una enajenada de la televisión por medio de las telenovelas; Jacinto el hermano mayor, embrutecido por la tetosterona de la juventud y por lo tanto solo tiene cabeza para el sexo y el soccer; y por último, Heráclito, el pequeño hermano genio e inventor, curioso, sarcástico como Margarita, solidario con ella y, reflejo de las generaciones recientes, solitario por la obsesión de los videojuegos de roles.

Un día aparece una casa vecina hipermoderna en forma de cubo de color oscuro. Son los Del Bien, una familia de ultraderecha, políticamente correcta, harto consumista, de aparentes perfectos modos y trato, con la imagen de familia perfecta donde la belleza, la prosperidad, la sofisticación, el buen gusto y las finas maneras convergen impresionando a toda la familia de Margarita y es aquí donde se desarrolla el punto de tensión de la historia porque los del Bien comienzan a inflenciar no solo a la familia de Margarita sino al resto de la comunidad. Conocen sus gustos y como la vieja bruja de Hansel y Gretel (y como las adicciones actuales) les proporcionan sus anhelos a cambio de claudicar por su dignididad y el libre pensamiento.

Margarita tratará de averiguar qué ocultan los Del Bien, tratará de proteger su familia y el mundo que ella conoce y aprecia y que incluye los gitanos con los que alguna vez ha jugado, el humilde Pedro, viejo granjero y vinicultor, y aquel que representa el amor imposible, Angel, el rubio y pálido hijo de 16 años de los Del Bien, único de dicha familia que aparenta estar en contra de las intenciones de sus padres.

Confrontación entre el Bien y el Mal (por decirlo de algún modo), lucha entre las viejas y las nuevas generaciones, crítica ante el frío, impersonal y poco ético avance del llamado progreso globalizador del liberalismo económico, señalamiento ante la doble moral de aquellos que se erigen reformadores de una nueva moral y sociedad (esto me recordó el maravilloso libro de la francesa Elizabeth Roudinesco Nuestro lado oscuro: Una historia de los perversos).

Sin embargo, la visión final del autor al parecer no es tan esperanzadora. Prácticamente, empieza en el mismo punto donde inicia otra historia paralela a la vida de Margarita: La Niña de polvo. Quizás una metáfora de la infancia perdida y la inocencia muerta durante la Segunda Guerra Mundial y que actualmente desfallece ante el embrutecimiento de los medios masivos de comunicación, la presión consumista y la filosofía protestante de trabajo gringa en su versión más oscura.

Inocencias y esperanzas hechas polvo por los intereses egoístas de unos cuantos y una visión perversamente reduccionista y maniquea de cómo debe ser el mundo y las relaciones humanas.

Divertido, disfrutable y entretenido al inicio. Inquietante y reflexivo al final.


EXTRACTOS:


El mundo se divide en:
los que comen chocolate sin pan;
los que no se pueden comer el chocolate
sino se comen también el pan;
los que no tienen chocolate
los que no tienen pan.

(Mi padre) Es el único en toda la zona que cura bicicletas pedalopáticas, radios afónicos, lavadoras asmáticas y cafeteras impotentes. Tiene una bolsa de herramientas mágica. Dice que a pesar que el hombre fue creado amo y señor de la Tierra, le falta una cosa fundamental: una bolsa de herramientas para repararse. Ah, suspira, ¡Si existiera un destornillador para extraer las ideas equivocadas y un martillo para fijar las buenas intenciones, y un llave inglesa para apretar por siempre el amor y una sierra para cortar con el pasado!. Pero como no nos dieron estos implementos, después de dar tumbos y chirriar, tarde o temprano nos romperemos.

Me mostró un punto lejano más allá del río, donde hay una mayor concentración de casas. Había aparecido otro cubo negro, justo más arriba de un condominio.
– ¿Comprendes el peligro? -dijo en voz baja.
– ¿Cuál, abuelo?
– Al lado de cada casa o grupo de casas, un cubo de control. ¡Ese es su plan!
– ¿Para hacer qué?
– Para transformarnos, para hacer que seamos iguales a ellos. Para robarnos el aire, el alma, la música, los ahorros. Son vampiros -dijo el abuelo fuera de sí-, recuérdalo, Margarita. Nada los detendrá. Porque están hechos de nada. Números. Su corazón late recibos. ¡Moloch!-

Los Del Bien estaban tratado de contagiarnos con el arma bacteriológica del siglo: el tedio. La que te convence que esperar para vivir es menos fatigoso que vivir.

Desde la ventana veo el lago de hierba agitado por el viento, y las luces del campamento de gitanos. Me llega el recuerdo de una gitana gorda, que una vez me siguió mientras me decía sin parar: niña hermosa, ven, te leeré la mano. Tuve miedo. Tal vez yo tenga adentro el virus del racismo o tal vez no somos capaces de soportarlos a todos y llevar el peso del mundo a cuestas. Sin embargo, a veces juego con dos chicos gitanos. Darko el limpiavidrios y un amigo suyo de cabelo crespito. Ellos intentan tocarme el culo y yo les pido información sobre su etnia. Es un verdadero intercambio cultural.

Me miró con los ojos de azules diferentes. Tuve miedo o ganas de que el joven vampiro se me abalanzara al cuello.
– No proyecto sombra porque eso que ves no es una ventana. Es una pantalla. Transmitimos al exterior la imagen de una familia feliz y adentro nos matamos a golpes.
– ¿Bromeas?
– Por supuesto – rió Ángel-. Somos una familia normal, como la de ustedes. Normalmente racista, indiferente, codiciosa.

(En el asilo del abuelo)
Pensé que este lugar me recordaba algo.
Por supuesto: ¡mi guardería!
En la pared había dibujos con flores y abejas y estaba escrito: "Hoy hace sol". Aunque no era verdad. Parecía exactamente una guardería infantil, de vida rebobinadas hacia atrás. Un regreso a las palabras en libertad, a las cantilenas y a los llantos de improviso, a las papillas que ensucian, a la retahíla de la caca, a los estallidos espontáneos de entusiasmo y a los terrores sin esperanza. Y, tal y como se acostumbra entre los niños, se jugaba a la muerte. Si un día veias un rostro nuevo sentarse a la mesa, simplemente quería decir que un puesto había quedado libre. Era necesario chequear quien faltaba, eso era todo. Sin embargo, ¿cómo explicar aquel grumo de vida que no se puede suprimir, las rabietas, los pequeños deseos, las uñas aferradas al abismo? Y la alegría de las sonrisas escasas, la esperanza de una visita, una tajada de torta, un mirlo en el alféizar…

– ¿Alguna vez vieron los dibujos prehistóricos de las cavernas? ¡La caza del mamut! Esos eran verdaderos grafitis. ¿Saben por qué?
– En realidad no -dijo Ángel divertido.
-¿Quién creen ustedes que es el autor de esas escenas?
– Creo… ¿los hombres de las cavernas, no? -respondí yo.
– Incorrecto -dijo Vincent- un paleontólogo amigo mío estudió en detalle esos dibujos. Y determinó que fueron cazados trazados con algo más grande y duro. Nada que ver con herramientas humanas.
-¿Y entonces?
– Entonces indagó con técnicas muy sofisticadas y obtuvo la prueba. Polvo de marfil y pelos en los zurcos. El autor de esos zurcos no es un hombre sino un mamut.
– ¿Cómo?… -dijimos Ángel y yo en coro.
– Pero claro – dijo Vincent-, fue él, usó con destreza y delicadeza la cabezota y los colmillos. Sólo el podría relatar el miedo de la persecusión y el drama de la caza. Él había vivido de verdad esas escenas. El arte es eso: escapar de la normalidad que te quiere devorar. Yo siempre huyo, y mis dibujos son así porque sé que pueden ser borrados, devorados en un instante. Sin embargo, sé que uno de ellos, al menos uno, o muchos, durará millones de años. Yo soy un mamut.

Soñe lo sueños de los otros. Porque si entendemos los sueños de los otros, pensé, quizá no nos separaremos de ellos.

No sé quién soy, pero sí sé quién ya no soy. Ya no soy un niño, ni tu desafortunada hermana, ni una adolescente, ninguno de los nombres que ustedes le dan a su pasado. En pocos años mataron la larga infancia del mundo, era de todos y se la han robado. No habrá más hijos. Creceremos deprisa para defendernos de ustedes. Después de pocos años aprenderemos a usar sus armas y los combatiremos. Nuestros juegos de soldados se convertirán en una verdadera guerra. Aquellos que sobrevivirán envejecerán en un instante. Hasta que un día alguien decidirá que ya no tiene sentido continuar. Así lo quisieron ustedes al fingirse fuertes. Están muertos, impotentes, derrotados.