Mi último día con el Windows Live Messenger (WLM).


Hoy es el último día que uso el Windows Live Messenger.

Ya había leído la noticia de la compra de Skype por parte de Microsoft en 2011. Ya había leído las noticias de la inminente fusión de ambos servicios. Incluso, había leído de sus ventajas.

Hoy he visto el mensaje donde me solicitan que instale el programa de Skype porque dejará de funcionar el WLM.

Mientras se descarga e instala el nuevo programa y antes de desinstalar el WLM me acuerdo que fue en 1995, aproximadamente, cuando saqué mi primera cuenta de hotmail messenger (así se llamaba). Iniciaba mis estudios de licenciatura en la UANL y, como parte del programa de estudios, pasaba mucho tiempo en el, entonces llamado, “Club de Informática”. Justo recuerdo que era un momento como de transición entre los sistemas de interfaz gráfica y los sistemas “viejitos”. Alguna vez me tocó ingresar mediante IP para leer mis correos que tenía en la cuenta de la facultad, recuerdo chatear mediante MIRC, y cómo participé en los llamados “Foros de discusión”. Eran pantallas de fondo negro y las letras nadamás, estilo película “Matrix”. No existía el ratón. Y no hablemos de  escuchar música en línea o ver videos, era un sueño guajiro.

El navegador que todo mundo usaba era el “Netscape” y poder visitar páginas con fotografías era un lujo. El internet era lentísimo, de ahí el logotipo de la taza de “café” y creo que de ahí surgió el concepto de “cibercafé”. Era clásico el ronroneo del módem al hacer conexión. El 90% de las páginas, sino más, eran en inglés. Los contenidos en castellano no abundaban como ahora. Google aún no nacía. Yahoo era el navegador que me tocó conocer en primera instancia. Luego lo abandonaría por Altavista, y finalmente me quedaría casada con Google. Recuerdo que todos los trabajos los imprimíamos en impresora de matriz de puntos (un aparato escandaloso pero barato). Poder imprimir en impresoras láser era un verdadero lujo. Y quien lo hacía a colores, lo veíamos como perteneciente a una élite.

Y, en un momento dado, no recuerdo por qué ni cómo, obtuve mi cuenta. Recuerdo lo verdaderamente extraordinario que me parecía platicar en texto con otra persona que se encontraba lejos y ni siquiera hablo de miles de kilómetros. Me parecía fascinante poder platicar con mis amistades que se encontraban del otro lado de la ciudad. Posteriormente extendería mi círculo de contactos virtuales a otros estados, a otros países, incluso del otro lado del mundo.

Charlé horas con mis amistades, me secreteaba por ahí con mis compañeras de trabajo, me mantuvo en contacto con mi familia cuando me mudé al sur de México, charlé largas horas sobre literatura, música o dramas personales con mis amistades, sirvió de puente para compartir música, libros, fotos (discos completos pasaron por sus ventanas), algunas fiestas se organizaron por ahí, nunca faltó la noche de copas virtual con la amiga lejana y ayudó a mantener viva la comunicación con mi ahora esposo cuando apenas nos conocíamos.

Y con el paso de los años, se volvió en parte importante de la vida cibernética. Lo primero que hacía al comprar una computadora era instalar el mensajero. A veces era más fácil dar el correo electrónico que el número telefónico cuando conocías a una persona con la se deseaba seguir en contacto (ahora se da el nick de facebook). Y, con sus innovaciones, presagiaría la moda de publicar estados de ánimo que explotaría muy bien la Red Social.

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Ya se instaló el programa y he comprobado sus beneficios. Acabo de charlar con una amiga de París quien casi no usaba el WLM y ahora no solo pudimos charlar por la PC sino por el celular. Quizás la nostalgia nos haga resistirnos al cambio pero así como se dieron los cambios que narré arriba, seguramente este también irá modificando la forma en que nos relacionamos las personas.

2 comentarios sobre “Mi último día con el Windows Live Messenger (WLM).

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  1. La mayor parte de las historias aquí recogidas ya las había leído o escuchado de la propia boca de Facundo en diversas entrevistas pero, ahora, una vez conocida la noticia de su muerte y la forma como sucedió, todo lo narrado cobra un nuevo significado se llena de nuevas connotaciones. Cuando supe que Cabral fue alcanzado por las balas en un atentado mientras iba camino al aeropuero, lo primero que pensé fue: “Cómo es posible que un hombre cómo él, con sus mensajes llenos de paz y amor pueda fallecer víctima de un suceso tan violento?” No podía entenderlo. Luego me dije: “Indudablemente, esas balas no iban dirigidas al artista. El tuvo el infortunio de estar en el sitio erróneo en el momento equivocado”. Hoy, leo estas líneas de Leila Guerriero y me convenzo de que esa era la forma cómo debía morir un hombre cuya vida siempre estuvo marcada por casualidades y por estar oportunamente donde debía estar. Se fue a la otra vida como vivió toda su vida, por una casualidad, por estar allí justo en el momento que debía estar para pasar a un plano en el que con seguridad estará mejor. Porque si todo mantiene la coherencia, este albur que fue su muerte no puede ser sino el paso a un estado mejor, como cuando la casualidad hizo que escuchara que había trabajo y se fuera rumbo a esa casualidad a perseguir una vida mejor. Donde esté ahora, indudablemente, tiene que estar bien y feliz.

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