Privilegio Cissexual o Cisgénero


La semana pasada hablamos sobre las personas cisgénero o cisexuales (cis) para identificar a quienes no son transgénero o transexuales (trans).

Pues bien, una de las razones del surgimiento de este concepto fue para equilibrar el lenguaje y empezar a dotar a las relaciones entre personas de cis y trans de mayor igualdad.

Así como las personas blancas gozan de más privilegios que las personas que no lo son, así como las personas de altos ingresos gozan de más oportunidades que las personas de bajos ingresos, y así como el poder económico, político y social recae más en los hombres que en las mujeres, las personas cis forman parte de la matriz de privilegios que podemos llamar cis-heteronormatividad, es decir, aquella que toma como unidad de medida a las personas cisgénero y heterosexuales.

¿Cuáles son algunos de los privilegios que gozan las personas cis y que actualmente están significando una lucha para la población trans de todo el mundo, incluido México?

  • Nadie cuestiona a qué sanitario puedes ingresar como sucede con las personas trans.
  • Nadie les cuestiona si son un hombre o una mujer de verdad. Tampoco te dicen “qué bien te ves para ser mujer u hombre”.
  • Nadie desacredita tu identidad de hombre o mujer, por ejemplo, por qué no “pasas” como tal, por tu apariencia, ya sea por tu voz, la altura, o ciertas características físicas.
  • Todas las personas asumen inmediatamente, sin cuestionar, que eres el hombre o mujer que manifiestas ser.
  • La identidad cisgénero no es considerada una enfermedad mental que deba ser curada o una falta a la “moral o las buenas costumbres”.
  • A las personas cisgénero no les niegan el acceso a lugares públicos como restaurante, centros comerciales, antros, porque su imagen “no va con las normas del lugar”.
  • A las personas cisgénero no las rechazan en la escuela, o cuando buscan trabajo por el nombre y el sexo que aparece en su acta de nacimiento y documentos oficiales o por cómo lucen.
  • Ni mucho menos se les exigen que tengan que pasar tratamientos hormonales o quirúrgicos para validar su identidad.
  • A las personas cisgénero no las expulsan de sus hogares por ser cisgénero o cissexual.
  • Tampoco la policía les detienen ilegalmente al verles en la calle al suponer son criminales o ejercen “la prostitución” sólo por la apariencia.
  • Tampoco les insultan verbalmente, ni les golpean, ni les asesinan solo por ser cisgénero o cissexual.
  • Y un largo etcétera.

Entonces, cuando conozcas a una persona trans o veas una noticia al respecto, antes de caer en la burla o en la crítica pregunta ¿qué privilegios estás gozando en ese momento que la persona trans no tiene?

Rebeca Garza

¿Eres cisgénero? ¿Eres cissexual?


Si al momento de nacer fuiste se te asignó el sexo de hombre, has sido socializado como hombre desde tu infancia y además te identificas a ti mismo y a tu cuerpo como parte de una identidad de hombre…¡sorpresa! ¡ERES CISGÉNERO Y TAMBIÉN ERES CISEXUAL!

De igual forma, si al nacer se te asignó el sexo de mujer, y has vivido toda tu vida como mujer, desempeñando los roles de mujer que la sociedad espera de ti y tu misma te asumes como mujer psíquica y corporalmente… ¡también eres cisgénero y cissexual!

Ambos conceptos han sido impulsados por una transfeminista y mujer trans de California llamada Julia Serano y en términos llanos pretende identificar a las personas que no se asumen como “transexuales” o “transgénero”. Muchas veces les llamamos con el apócope “cis”.

El prefijo trans significa “del otro lado” y hace referencia a una ubicación discursiva, psíquica y/o corporal de estar del otro lado de un sexo o género, usualmente el asignado al nacer.

El prefijo cis, por otra parte, significa “del mismo lado” y hace referencia a esa auto-percepción, generalmente inconsciente, de vivir conforme con el sexo asignado y los roles de género que la sociedad espera y cómo todo esto se encarna dentro del cuerpo y la psique de la persona.

¿Por qué la importancia del nombre?

Para equilibrar las relaciones de poder, desde el lenguaje, entre quienes somos trans y quienes son cis.

También para que empecemos a desmontar el uso de un lenguaje que nos deshumaniza y excluye, como cuando dicen: “Tu eres trans y yo soy normal”, “¿ella es una mujer trans o es biológica?”, “¿Si es un hombre trans entonces no es un hombre de verdad?”.

Las personas trans somos tan normales, tan biológicas y tan auténticas como las personas cis. Tampoco somos enfermas, ni criminales ni nuestra existencia atenta contra la moral.
Entonces, recuerda hay personas trans y también hay personas cis.

Si nunca has conocido a una persona trans, date la oportunidad. Puedes tener una bella amistad y conocer a un gran ser humano.

¡Hasta la próxima!

Rebeca Garza

Reflexiones de «Intersecciones: cuerpos y sexualidades» en la encrucijada de Lucas Platero y Paco Guzmán


La lectura «Intersecciones: cuerpos y sexualidades»se puede consultar aquí.

La lectura de Passing, enmascaramiento y estrategias identitarias: diversidades funcionales y sexualidades no-normativas” de Paco Guzmán y Lucas Platero resulta muy interesante por dos grandes razones: en primer lugar, la aportación conceptual que brinda a la diversidad no normativa el entendimiento de la diversidad funcional; en segundo, la propia intersección de la sexualidad no normativa corporizada en cuerpos diversamente funcionales.

Como parte de lo primero, me resultó novedoso conocer la Teoría Crip y entender las grandes similitudes que tiene con la Teoría Queer al cuestionar la naturalización de las normas sociales de apropiarnos el cuerpo y la sexualidad y que parecieran ser universales.

Si la Teoría Queer visibiliza y denuncia la heteronormatividad de la sociedad, la homonormatividad dentro del llamado colectivo LGBTIQ y ha acuñado nuevos conceptos para visibilizar formas de violencia que se aplican a los cuerpos no normados como el cisexismo y la transmisoginia, por ejemplo, la Teoría Crip aporta el concepto de “capacitismo” que entendería como el prejuicio de suponer que los cuerpos y mentes que se alejan de una idea de capacidad productiva, individual y autónoma -intensificada por la influencia capitalista de la productividad- son inferiores, asexuales,  enfermos, invisibles y/o subnormales. En una intersección religiosa, el capacitismo puede devenir en considerar estos cuerpos y mentes como formas de pecado y/o depositarios de actos asistencialistas que perpetúan el estereotipo de dependencia o infantilismo.

La propia Teoría Crip se reapropia de un concepto de origen despectivo como lo “Cripple” (como tullido) para visibilizar y denunciar el capacitismo, tal y como la Teoría Queer lo ha hecho de las diversas formas de violencia y exclusión a las que son sometidas las personas con identidades y expresiones sexogenéricas no normativas.

Como señalan Guzmán y Platero: “ambos términos reclaman la diferencia como un lugar legítimo” como una “reafirmación pública de una identidad atribuida”, por lo tanto, señalan, una audacia.

En ese sentido, la Teoría Crip aporta el concepto de diversidad funcional alejado del modelo médico de discapacidad tal y como las identidades de la diversidad sexual no normativa -como las personas gays y lesbianas y las personas trans- han luchado por alejarse del discurso patologizante de la ciencia médica.

De la misma forma en que las personas de la diversidad sexual no normativa hemos ido explorando la construcción de identidades colectivas como población LGBT o mujeres trans feministas, la diversidad funcional ha explorado la creación de procesos de identificación colectiva como las minorías lingüísticas como las personas con sordera.

Por lo tanto, las minorías –tanto sexuales no normativas como funcionales- se convierten en agentes de cambio para genera conciencia y empoderamiento mediante diferentes  estrategias de afrontamiento o maneras de enfrentarse a las dificultades que se presenten y que han sido recuperadas tanto por la Teoría Queer como la Crip, por ejemplo:

  1. Passing y Enmascaramiento: El “passing” como la idea de pasar como alguien asimilable o asimilado dentro de las reglas convencionales de “normalidad” tanto como un cuerpo o una mente “capaz” o como un cuerpo alineado a la matriz cis-heteronormativa. El enmascaramiento, sería parte del esfuerzo para acercarse a ese ideal de “pasabilidad” y que implicaría altos costes psicológicos y físicos por exigir a un cuerpo o una mente una materialización ajena a lo que realmente hace sentir cómoda a la persona. Platero y Sánchez le llaman “ocultación”. En el caso de las personas trans, sería el equivalente a vivir “stealth” o invisible, y quizás este concepto de invisibilidad pueda también aplicarse a la diversidad funcional que tiene posibilidades de “pasar” y “enmascararse”.
  2. La visibilización: que sería más bien una acción consciente con un objetivo político de reivindicar la re-apropiación de un cuerpo no normativo ni sexualmente ni funcional pero igualmente válido y digno. Como una forma de confrontar el “capacitismo” y las diferentes formas de violencia que surgen del sistema cis-heteronormativo.

Ahora bien, los cuerpos donde se intersecciona la diversidad funcional con la diversidad sexual no normativa creo que tienen grandes posibilidades de convertirse en una veta de ilustración al explorar y consolidar identidades múltiples dando forma a lo que los autores llaman “interseccionalidad estructural” como “ir más allá de la delimitación de los ámbitos de la diversidad sexual y diversidad funcional como similares, se trata de sumergirnos en los efectos vividos de las personas”.

Lo anterior permitiría el surgimiento de lo que los autores llaman interseccionalidad política como ese conjunto de estrategias sociales y políticas de mantener al margen la diversidad funcional y sexual no normativa bajo la perpetuación del argumento que “hay otros temas de mayor importancia” o “no son problemas de la mayoría” y que fortalecen el mito de la normalidad pero también la exclusión y marginación de quienes nos alejamos a esa idea de “normalidad”.

De esta forma, me parece que el propio concepto de transfeminismo se enriquece y redimensiona a partir de estos dos conceptos de intersección estructural o identidad múltiple para leer como se corporizan y sexualizan las diferentes normas y estructuras de poder de la organización social como la matriz cis-heteronormativa, la edad, la etnia, la religión, la “capacidad”, la clase social, entre otras, en un mismo cuerpo.

Ambas teorías buscan modificar las estructuras que devienen en construcciones sociales de la diversidad funcional y diversidad sexual no normativa ya que la matriz heterosexual invisibiliza y sanciona a lo diferente o “anormal” por alejarse de los ideales de la reproducción por medio del coito tradicional y limitan a su vez el surgimiento de otras posibilidades de manifestación del deseo y del disfrute del erotismo.

Otro aspecto en común de ambas teorías es la visibilización de las formas de violencia que sufren la diversidad funcional y la sexualmente no normativa.

Así como la transfobia hacia las mujeres trans deriva en una transmisoginia las mujeres con diversidad funcional, especialmente mental, sufren de una especie de capacitismo misógino bajo el prejuicio que las mujeres tenemos el potencial de ser histéricas o “locas”.

Con respecto al deseo y las prácticas sexuales, creo que las personas de la diversidad funcional y de la diversidad sexual, especialmente las personas trans, compartimos el prejuicio de no ser consideradas como parejas potenciales o sexualmente deseables más allá del morbo que implica una experiencia sexual con alguien “freak”.

Otras formas de violencia es el grado de vulnerabilidad social, económica  y política que tanto las personas de la diversidad funcional y de la diversidad sexual no normativa tenemos en común. Las primeras por parte de sus personas cuidadoras y ambas por parte de una sociedad que considera que no tenemos un espacio digno ni deseable que ocupar dentro de la vida social y que, muchas veces, introyectamos dentro del proceso de construcción de nuestra identidad en demérito, incluso, del ejercicio autónomo de nuestra ciudadanía.

Quizás las personas de la diversidad funcional que son dependientes de apoyos humanos y dispositivos para realizar cualquier actividad pueden convertirse en una veta de ilustración para explorar la idea del cuerpo cybergrotesco[1]  como una forma de bricolaje de resistencia de la producción[2] como señala María Rubio en “El ojo saturado del placer”.[3]

Pareciera que existe menos presión social para ejercer una sexualidad normativa para quienes forman parte de la diversidad funcional dado que la sociedad asume dichos cuerpos como asexuales lo que permite que exploren con, aparente menos presión social, un erotismo no normativo.

Quizás el reto que viven las personas de la diversidad funcional como las personas de la diversidad sexualmente no normativa es, como señala Sofía Argüello, generar procesos de identificación estratégicas y temporales para asegurar procesos de agenciamiento en la vida pública y política y evitar el riesgo de generar “guetos” o comunidades cerradas que a la postre esencialicen o naturalicen retroactivamente el reclamo a la diferencia.

Rebeca Garza

[1] Tecnológico-grotesco (…) como propone Donna Haraway, una suerte de escritura que se inscribe en lo tecnológico mientras se define, se abre al “mundo alien” y es atravesado por él, intersectado por las prácticas sociales en las que ese sujeto es.”

[2] Relectura del producto de consumo y elaboración-reciclaje que contraría el desarrollo lineal, el progreso indefinido sin respetar límites, bordes, posiciones, reglas ubicándose en el medio, en lo ambigüo y en lo mezclado.

[3] Ruido, M. (2000). El ojo saturado de placer. Sobre fragmentación, porno-evidencia y bricotecnología.

Banda aparte. (18):51-62.

¿Qué representan las siglas LGBTTTIQ?


Las siglas que representan al colectivo LGBTTTIQ pretenden visibilizar la existencia de la diversidad humana más allá de la idea de la heterosexualidad y del binario hombre-mujer como únicas formas de expresión de la sexualidad.

Con respecto a la orientación sexual surgen como un ejercicio de politización de la sexualidad para vindicar derechos civiles negados o limitados bajo la etiqueta de la homosexualidad, término acuñado por la ciencia médica que diagnosticaba como una enfermedad hormonal o mental primero a las prácticas sexuales entre personas de un mismo sexo y más adelante la atracción erótico-afectiva.

Por lo tanto, las letras LGB amplían el imaginario de atracción erótico-afectiva más allá del mito heterosexual al visibilizar a las mujeres lesbianas, a los hombres gays y a las personas bisexuales como parte de esta la diversidad humana.

Por otra parte, las tres “T” representan las palabras transexual, transgénero y travesti que junto con la “I” de intersexual buscan visibilizar a aquellas personas que nos revelamos a un sistema sociocultural de reproducción de cuerpos binarios y complementarios, inamovibles y monolíticos, sistema de reproducción especialmente reforzado por el discurso de la medicina como autoridad.

La letra “Q” de Queer, en cambio, surge como una crítica  a cierto sector del propio colectivo de la diversidad sexual, que en algún momento de su historia ha buscado asimilarse a marcadores, principalmente de clase, dirigidos por tendencias capitalistas globalizantes que han generado tendencias que homogenizan ciertas identidades replicando prácticas binarias y estructuras de poder heredadas de la matriz heterosexual y de donde ha surgido el llamado “mercado rosa”.

Si las “LGB” liberaron los deseos y el erotismo; las “T” rompieron la noción de sexos y géneros fijos e inmutables; y, la “Q” puso el acento en su fluidez y se pronunció contra las etiquetas.

Evidentemente, estas ocho letras serán insuficientes para abarcar las infinitas posibilidades en que cada identidad es construida en más de 7 mil millones de personas. Sin embargo, creo que el mensaje es claro: cada persona es única, irrepetible e invaluable. Y en ese sentido, todas y todos somos iguales.

Rebeca Garza

8 de Julio de 2016

Democracia, feminismo y diversidad sexual.


La democracia como sistema de gobierno y modo de vida tiene como fundamento que todas las personas somos iguales y en ese sentido debemos gozar los mismos derechos, sin excepción alguna.

El feminismo reconoce que existen relaciones de poder entre los cuerpos sexuados que determinan que unos, lo que se asumen como masculinos, sean considerados superiores de aquellos que son reconocidos como femeninos dentro de un contexto histórico sociocultural, y la idea de democracia no ha estado exenta de esto.

Los principales derechos vulnerados a lo largo de la historia por estas relaciones de poder violentas que oprimen han sido las mujeres de todas las clases sociales y de todas las sociedades.

El feminismo ha denunciado que la medida de la dignidad de la persona sea androcéntrica. Y esa forma de concebir al mundo no solo ha afectado a millones de mujeres, sino a todas aquellas personas que nos ubicamos a la periferia de esa “democracia” androcentrista: las personas lesbianas y homosexuales, las personas trans, las personas intersexuales y cualquier persona no conforme con el binario hombre-mujer.

En ese sentido, el feminismo pugna por analizar, visibilizar y modificar esas relaciones estructurales que han naturalizado la opresión y sumisión física y simbólica de las mujeres con respecto a los hombres.

De esta forma, no sólo busca la igualdad legal sino la real, la de hecho, la que se vive en la convivencia cotidiana. Una persona demócrata que rechace ser feminista implica querer buscar la igualdad sin tocar los privilegios que gozan los hombres en sociedades androcéntricas. Es como buscar la redistribución del ingreso sin tocar los privilegios de quienes explotan a quienes menos tienen.

Por lo tanto, más que llamarnos a la sorpresa debemos ver como parte del compromiso ético y legal del Estado y sus instituciones manifestarse contra la violencia hacia las mujeres y la diversidad sexual y trabajar a favor de derechos que generen igualdad de oportunidades para el ejercicio de todos los derechos inherentes a las personas.

Rebeca Garza

01 de julio 2016

 

Sobre el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ


Este fin de semana se celebró en diversas partes del país y del mundo el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ con el objeto de visibilizar la existencia de las diferentes orientaciones sexuales y expresiones sexo-genéricas que dan diversidad multicolor a las sociedades así como vindicar derechos fundamentales y denunciar las diferentes formas de violencia que aún existen y que van desde la invisibilización, la medicalización, la patologización, la criminalización hasta la marginación y el asesinato, entre muchas otras.

En el contexto de violencia misógina y lgtbfóbica que persiste en muchas sociedades, incluyendo la nuestra, los crímenes de odio hacia la diversidad sexual, especialmente hacia los gays femeninos y las mujeres trans de bajos recursos y/o pertenecientes a grupos indígenas, deben ser revisados, analizados y atendidos a la luz de las altísimas cifras de violencia machista feminicida que también sigue siendo ignorada por muchas instituciones y un gran sector de la sociedad.

De esta forma, una persona que no se ajusta en su orientación sexual o expresión sexo-genérica a los estereotipos del binario de sexo-género, desde su infancia y hasta la edad adulta, inmediatamente es sancionada para ajustarse a la idea de “normalización” pre-existente. Esta cultura de sanción no sólo es tolerada, sino que está normalizada mediante el chiste fácil, la burla, y el sensacionalismo con el que se abordan las identidades disidentes.

Así como miles de mujeres salimos el pasado 24 de abril a denunciar las violencias machistas con la consigna de “Nos Queremos Vivas”, las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero, travesti, intersexuales y queer así como las personas que nos aman hemos salido para decir al Estado y a la Sociedad que aquí estamos, formamos parte de la ciudadanía y como tal tenemos los mismos derechos y queremos ejercerlos, exigimos que no nos violenten, no nos discriminen, no nos maten.

Y, a pesar de todo esto, tenemos el orgullo de existir y luchar.

Rebeca Garza

24 Junio 2016