#MeToo: Carta de un hombre #trans al antiguo régimen sexual por Paul Preciado


Por Paul Preciado / De: ara.cat / Fecha: 28 de enero de 2018

No hay sexualidad sin sombra, pero no es necesario que la sombra presida la sexualidad.

Señoras, señores y otros,

En medio del fuego cruzado en torno a las políticas del harcelement sexuel (de la agresión sexual) querría tomar la palabra como contrabandista entre dos mundos, el mundo de “las mujeres” y el de “los hombres” (esos dos mundos que podrían no existir pero que algunos se esfuerzan por mantener separados por una suerte de muro de Berlín del género) para darles noticia de algunos “objetos perdidos” (“objets trouvés”) o más bien “sujetos perdidos” (“sujets trouvés”) en la travesía.

No hablo aquí como hombre, perteneciente a la clase dominante de aquellos a los que se les asignó género masculino en el nacimiento, que fueron educados como miembros de la clase gobernante, a los que se les concedió o más bien se les exigió (y ésta sería una clave posible de análisis) ejercer la soberanía masculina.

Tampoco hablo como mujer, puesto que he abandonado voluntaria e intencionalmente esa forma de encarnación política y social. Hablo aquí como hombre-trans. No obstante, no pretendo, en ninguna medida, representar a ningún colectivo. No hablo ni puedo hablar como heterosexual o como homosexual, aunque conozco y habito ambas posiciones, puesto que cuando se es trans estas categorías resultan obsoletas.

Hablo como tránsfugo del género, como furtivo de la sexualidad, como disidente (a menudo torpe, puesto que carente de código pre-escrito) del régimen de la diferencia sexual. Como auto-cobaya político-sexual que ha hecho la experiencia, aún no tematizada, de vivir a ambos lados del muro y que, a fuerza de atravesarlo día tras día ha acabado harto, señores y señoras, de la rigidez recalcitrante de los códigos y los deseos que el régimen hetero-patriarcal impone.

La masculinidad es a la sociedad lo que el Estado es a la nación: el detentor y usuario legítimo de la violencia.

Déjenme que les diga, desde el otro lado del muro, que la cosa está peor de lo que mi experiencia como mujer lesbiana me hubiera permitido imaginar.

Desde que habito como-si-fuera-un-hombre el mundo de los hombres (consciente de encarnar una ficción política) he podido comprobar que la clase dominante (masculina y heterosexual) no abandonará sus privilegios porque enviemos algunos tweets o demos algunos gritos. Tras las sacudidas de la revolución sexual y anti-colonial del pasado siglo, los hetero-patriarcas está embarcados en un proyecto de contra-reforma –al que se unen ahora las voces “femeninas” que desean seguir siendo “importunées/molestadas”. Esta será la guerra de los 1000 años –la más larga de las guerras puesto que afecta a las políticas de la reproducción y a los procesos a través de los cuales un cuerpo humano se constituye como sujeto soberano. La más importante de las guerras, por tanto, porque lo que nos jugamos no es el territorio o la ciudad, sino el cuerpo, el goce, la vida.

Lo que caracteriza a la posición de los hombres en nuestras sociedades tecnopatriarcales y heterocentradas es que la soberanía masculina está definida por el uso legítimo de las técnicas de la violencia (contra las mujeres, contra los niños, contra otros hombres no blancos, contra los animales, contra el planeta en su conjunto). Podríamos decir, leyendo a Weber con Butler, que la masculinidad es a la sociedad lo que el Estado es a la nación: el detentor y usuario legítimo de la violencia. Esa violencia puede expresarse socialmente como dominio, económicamente como privilegio, sexualmente como agresión y violación.

Al contrario, la soberanía femenina sólo se reconoce en relación con la capacidad de las mujeres para engendrar. Las mujeres son sexual y socialmente súbditas. Sólo las madres son soberanas. En este régimen, la masculinidad se define necropolíticamente (por el derecho de los hombres a dar la muerte), mientras que la feminidad se define biopolíticamente (por la obligación de las mujeres a dar la vida). La heterosexualidad necropolítica podríamos decir, sería algo así como la utopía de la erotización del encuentro sexual entre Robocop y Alien….esperando que, con un poco de suerte, alguno de los dos se lo pase bien.

Tan importante como la transformación epistemológica es la transformación libidinal: la modificación del deseo. Es preciso aprender a desear la libertad sexual.

La heterosexualidad no es sólo como Wittig nos enseña, un régimen de gobierno: es también una política del deseo. Lo específico de este régimen es que se encarna en un proceso de seducción y de dependencia romántica entre dos agentes sexuales “libres.” Las posiciones de “Robocop” y de “Alien” no son individualmente elegidas o conscientes.

La heterosexualidad necropolítica es una práctica de gobierno que no es impuesta por los que gobiernan (los hombres) a las gobernadas (las mujeres), sino una epistemología que fija las definiciones y las posiciones respectivas de los hombres y de las mujeres a través de una regulación interna.

Esta práctica de gobierno no toma la forma de una ley, sino de una norma no escrita, de una transacción de gestos y códigos que tienen como efecto establecer en la práctica de la sexualidad una partición entre lo que se puede y lo que no se puede hacer. Esta forma de servidumbre sexual reposa sobre una estética de la seducción, una estilización del deseo y una coreografía del placer. Este régimen no es natural: se trata de una estética de la dominación históricamente construida y codificada que erotiza la diferencia de poder y la perpetúa. Esta política del deseo es la que mantiene vivo el antiguo régimen sexo-género pese a los procesos legales de democratización y empoderamiento de las mujeres. Este régimen heterosexual necropolítico es hoy tan denigrante y destructivo como lo eran el vasallaje y el esclavismo en plena ilustración.

El proceso de denuncia y visibilización de la violencia que estamos viviendo forma parte de una revolución sexual, ciertamente lenta y tortuosa, pero imparable. El feminismo queer situó la transformación epistemológica como la condición de posibilidad de un cambio social. Se trataba de poner en cuestión la epistemología binaria y naturalizada afirmando frente a ella una multiplicidad irreductible de sexos, géneros y sexualidades. Hoy entendemos que tan importante como la transformación epistemológica es la transformación libidinal: la modificación del deseo. Es preciso aprender a desear la libertad sexual.

Durante años, la cultura queer ha sido un laboratorio de invención de nuevas estéticas de la sexualidad disidentes frente a las técnicas de subjetivación y los deseos de la heterosexualidad necropolítica hegemónica. Somos muchos los que hemos abandonado hace tiempo la estética de la sexualidad Robocop-Alien. Aprendimos de las culturas butch-femme y BDSM, con Joan Nestle, Pat Califia y Gayle Rubin, con Annie Sprinkle y Beth Stephens, con Guillaume Dustan y Virginie Despentes, que la sexualidad es un teatro político en el que el deseo, y no la anatomía, escribe el guión.

Es posible, dentro de la ficción teatral de la sexualidad, desear limpiar zapatos con la lengua, ser penetrado por cada orificio, o cazar al amante en un bosque como si éste fuera una presa sexual. Sin embargo, dos elementos diferenciales marcan la distancia entre la estética queer de la sexualidad y la hetero-dominante del antiguo régimen: el consenso y la no-naturalización de las posiciones sexuales. La equivalencia de los cuerpos y la redistribución del poder.

Me des-identifico de la masculinidad dominante y de su definición necropolítica. Nuestra mayor urgencia no es defender lo que somos (hombres o mujeres) sino rechazarlo.

Como hombre-trans me des-identifico de la masculinidad dominante y de su definición necropolítica. Nuestra mayor urgencia no es defender lo que somos (hombres o mujeres) sino rechazarlo, des-identificarnos de la coerción política que nos fuerza a desear la norma y a repetirla. Nuestra praxis productiva es desobedecer las normas de género y sexuales. Después de haber sido lesbiana la mayor parte de mi vida y trans los últimos 5 años, estoy tan lejos de vuestra estética de la heterosexualidad como un monje budista que levita en Lhasa lo está del supermercado Carrefour. No me corro con vuestra estética del antiguo régimen sexual. No me pone “molestar” a nadie. No me interesa salir de mi miseria sexual metiendo mano en los metros. No siento ningún tipo de deseo por el kitsch erótico-sexual que proponéis: tíos que aprovechan su posición de poder para echar polvos y tocar culos. Me repugna esta estética grotesca y asesina de la heterosexualidad necropolítica. Una estética que re-naturaliza la diferencia sexual y sitúa a los hombres en la posición del agresor y a las mujeres en la de la víctima (dolorosamente agredida o alegremente importunada).

Si es posible afirmar que en la cultura queer y trans follamos más y mejor es porque no sólo hemos extraído la sexualidad del ámbito de la reproducción, sino sobre todo del de la dominación de género. No estoy diciendo que la cultura queer y transfeminista escape a toda forma de violencia. No hay sexualidad sin sombra. Pero no es necesario que la sombra (la desigualdad y la violencia) presida y determine la sexualidad.

Representantes del antiguo régimen sexual, coged vuestra parte de sombra and have fun with it, y dejadnos enterrar a nuestras muertas. Gozad de vuestra estética de la dominación, pero no pretendáis hacer de vuestra estética ley. Y después, dejadnos follar con nuestra propia política del deseo, sin hombres ni mujeres, sin penes ni vaginas, sin hachas ni fusiles.

Paul Preciado

Publicado por @Rivka_Azatl Rebeca Garza

Este es un blog que nació por el simple deseo de compartir lo que leo, lo que veo, lo que escucho, lo que hago, aquello que me gusta y disgusta también. No tiene mayor pretensión que esa, el simple y profundo deseo de compartir.

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