Este documental resultó ser una sorpresa inesperada. Recupera la buena práctica de un trabajador social de Estados Unidos que ayuda a personas que viven en asilos y que cuentan con diagnóstico de Alzheimer o de otra naturaleza mental.

Tiene una crítica al sistema de cuidados de personas ancianas que bajo la lógica capitalista pasó a un sistema hospitalario que abusan de drogas que no fueron diseñadas para estas personas pero son usadas como forma de control donde su libertad y dignidad humana son desentendidas.

Es cuando prueban con música. La música que les gusta. Por eso necesitan conocer su historia. A partir de ahí empiezan a conectar son las personas. Les integran una lista de reproducción con las canciones que les gustan. Se las reproducen en unos audífonos y sucede la magia: sus ojos se abren, el rostro cambia y se ilumina, algunas dejan sus sillas de apoyo y se levantan e incluso bailan.

En algún momento me recuerda a la película “Despertares” solo que considero que aquí conectan con lo humano, con esa parte de nuestra humanidad que es tocada hasta el final por el Alzheimer y son nuestras emociones. La música, nuestra música, la que se ancla a nuestros recursos y nos libera emociones conecta con pensamientos que se creían olvidados y regresan esos pensamientos, esos recuerdos, y vuelve la persona, parte de su identidad. Algunas reaccionan llorando, otras sonriendo y el cuerpo obedece ante la mirada incrédula del personal médico.

La recomiendo mucho porque es un documental que me pareció profundamente humano y, por lo tanto, bellísimo.

Qué la música rescate nuestros recuerdos y nuestra memoria.

Rebe